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Margarita Franco Zimmermann
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Legislar ha sido una carrera de serios compromisos y fuertes convicciones, en la historia progresiva de todas las naciones avanzadas. Hoy esas acciones se traducen en beneficios y resultados que han hecho posible sus grandes avances sociales, porque se ha hecho claridad y calidad para favorecer al desarrollo y al progreso.
Pero es obvio que entre nuestros congresistas hay alguno(as) que han cambiado las convicciones por las conveniencias, que sólo se ocupan de legislar al vapor y aprobar leyes de mala calidad y, de paso, enfrascarse en discusiones estériles para dar largas a asuntos importantes, como fue el caso de “La Ley de Partidos”, que sí debió ser aprobada en primera lectura para ver si nos liberamos del claro resabio del presidencialismo, que nos ha sometido a pagar sus últimas campañas electorales, olvidando que la fortaleza del poder está también en su solidez moral.
Esos y ésas, los que han dado un contrapié a una carrera que pudo haber sido prominente en favor del pueblo, nos han hecho perder un precioso tiempo que pudo haber sido utilizado y darnos jugosos beneficios para avanzar como nación. Entonces ¿para qué reelegirlos?
La fortaleza del poder está en las convicciones pero en nuestro país existe una clara decadencia de las mismas. Reproducimos nuestras debilidades como país a través de las urnas eligiendo a dirigentes y lideres sin un proyecto de lo que debe ser un Estado, y tan así es que el pueblo aún no despierta.
Reformar el Congreso mediante el voto fortalecería aun más al Poder Legislativo, le daría condiciones políticas que lo obligarían a concertar serios acuerdos, favorecer la profesionalización y la responsabilidad de los legisladores de todos los partidos; los obligaría a ellos y ellas a establecer un auténtico vínculo con los electores de sus demarcaciones, consolidando así nuestro sistema democrático.
La reelección a nivel congresual (diputados y senadores) no es una acción política negativa, mucho menos, antidemocrática. Al contrario, los buenos legisladores debería la ciudadanía mantenerlos para que continúen la defensa de los derechos ciudadanos y contrarresten la pésima gestión del gobierno de turno.
Sabemos que no todos los legisladores son iguales -nos libre Dios- aunque tendríamos que cogerlos con pinzas y bajo microscopio, porque los buenos se pierden entre los hacedores de la decadencia social dominicana... sobresalen porque ignoran las auténticas responsabilidades que les compete, actúan con informalidad, impuntualidad, ausencia, con doble moral o sin ella, cometen exabruptos inapropiados del lenguaje de Cervantes, participan en discusiones banales, incurren en gastos excesivos en viajes, compra de autos, villas, apartamentos o residencias, haciendo gala de sus lujosos sueldos, que no se justifican porque nunca han llevado un buen proyecto de ley a sus respectivas cámaras.
Cuando los pueblos avanzan socialmente, los ciudadanos son mas conscientes, por lo cual exigen mayor efectividad en los resultados, porque en el primer mundo, sí se aplica el dicho: "En politica, la credibilidad y la virginidad, una vez perdida jamás se vuelve a recuperar".
Solo creceremos como nación si cada ciudadano toma en cuenta que para legislar necesariamente se necesita: intelecto, apertura, integridad, pureza política, experiencia, conciencia cívica y social, pero sobre todo mucho respeto por la gente.
*LA AUTORA es odontóloga y dirigente del PRD. Reside en Suiza.
Email: mzimmiefranco@hotmail.com
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