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Ulises Casas Jerez
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Son las sociedades monoteístas las que poseen los mayores espacios de violencia a la mujer. Una de sus causas consiste en que el ser genitoras disputan al dios único su atributo creacionista
Por Ulises Casas Jerez
De tiempo atrás la mujer viene reivindicando su derecho a vivir dignamente; el rechazo a la violencia ejercida contra ella tanto por el hombre como por las instituciones que representan los regímenes de propiedad privada en los cuales es aquel quien dispone de la economía en su calidad de poseedor y propietario.
Aunque el trabajo ha liberado, relativamente, a la mujer del dominio del varón, esto no es suficiente y, en muchos casos, se convierte en un incentivo a la violencia. El hombre, al sentir la liberación de la mujer a través del trabajo, se vuelca contra ella precisamente por ese motivo. Al no tenerla bajo su vigilancia y posesión permanente en el hogar, especula con infidelidades y toda clase de conductas que le amenazan ese dominio.
En las sociedades en las cuales lo religioso es diverso, en donde rige el politeísmo, el dominio del hombre sobre la mujer no se da en manifestaciones de violencia; un ejemplo de ello es la sociedad india; en la India, país de muchas religiones y dioses, la mujer es altamente respetada así ella siga bajo el dominio del hombre. Es un dominio en lo que se refiere a la situación de la familia y de sus diversos ritos de naturaleza costumbrista. La violencia se encuentra ausente en la sociedad hindú, como realidad general. Puede darse en algunos casos, pero eso no es lo dominante en esa sociedad. Sin embargo, con la penetración del capitalismo occidental a esa nación, se viene produciendo una situación parecida a la de occidente.
Para quienes analizamos la realidad a través del método del materialismo filosófico dialéctico, la esencia de la violencia contra la mujer se encuentra en la propiedad privada individual sobre los medios de producción, sobre los bienes que sustentan la materialidad de la vida individual y social.
La propiedad privada sobre los bienes genera una conducta individualista de sobrevivencia y mejoramiento material indefinido en la persona. La propiedad de los bienes materiales que sustentan el vivir domina la cotidianidad de todos y cada uno de los miembros de la sociedad: si no los posee, su permanente preocupación y afán es conseguirlos; si los posee, su actividad y dinámica consiste en conservarlos y aumentarlos. Esta es la realidad. Alrededor de esa preocupación se desarrollan otras actividades, las sociales y culturales. La propiedad privada de los bienes aísla al individuo del conjunto social y lo coloca en una situación de competencia y de prevención ante una posible disputa de esa propiedad por parte de cualquier elemento de la sociedad.
Esa situación de prevención se da en la pareja porque ella no ha superado el individualismo: cada uno se considera en propiedad individual así compartan algunas cosas. De esta manera, las condiciones de existencia de la pareja estarán siempre en la posibilidad de generar la violencia.
Por cuanto la situación de violencia se halla en la familia y ésta es el núcleo de la sociedad, ella se generaliza y se convierte en permanente y en toda la sociedad; es decir, el hombre permanece en un estado de permanente disposición de ejercer violencia y la mujer es el ser más débil, en lo general, para poderla ejecutarla sobre ella; muchas veces se extiende a los hijos en los casos de uniones maritales permanentes.
Lo que vemos hoy es una gran proliferación de mujeres “cabeza de familia” debido, precisamente, a esa situación de permanente violencia contra ellas. Buena parte de las mujeres con hijos abandonados por sus progenitores tienen que hacer frente a su manutención y cuidado y otras se separan de sus hombres ante la violencia ejercida por éstos. La única forma de superar esta situación de violencia contra la mujer es su organización en estructuras colectivas productivas de vida; con ello no solamente sortean lo material sino que entran a obtener la solidaridad de ! grupo ya que sus intereses materiales son compartidos. En la estructura colectivista la relación mujer-hombre se sustenta en la solidaridad que genera la propiedad colectiva. Aquí se niega la propiedad individual y con ello desaparece la causa esencial de la violencia; ya no solamente entre la pareja sino dentro del conjunto social. La propiedad colectiva liquida todos los efectos generados por la propiedad individual sobre los bienes que sustentan el vivir. La imposibilidad de acabar con la violencia se encuentra en la permanencia de la estructura económica individual de la sociedad en que vivimos. Las mujeres pueden seguir, indefinidamente, luchando contra la violencia ejercida contra ellas pero mientras subsista la propiedad privada sobre los bienes de producción, ella no desaparecerá definitivamente.
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